En la vía Pimo-Tipococha a cuatro kilómetros de la Panamericana, una línea férrea atraviesa la parroquia de Zhud, sitio en donde los ferrocarriles se dirigían hacia Sibambe en Chimborazo o hacia Cuenca en el Azuay.
Aún existe una antigua estación de tren, una escuela unidocente y una veintena de familias. En otra época era un caserío de más de 300 familias que acogían a cientos de comerciantes y pasajeros que esperaban el silbato de una locomotora.
Carmen Vera, tiene 50 años y es de las pocas personas que decidieron quedarse luego del cierre de la estación en 1993.
“El desastre de la Josefina fue un pretexto para que el gobierno de aquella época decida cerrarlo. Nosotros usábamos el tren para trasladarnos a El Tambo para vender papas, mellocos y luego junto a mi madre comprar arroz y azúcar para la familia”, recordó Vera.
En este sector a diario transitaban cientos de personas. En los años 70 había una feria que reunía a los comerciantes del sur y del norte. “Yo era pequeñita, bueno todavía soy”, dice sonriendo; recuerda que,
“lo que queda de este sector solo son los viejos que no queremos irnos”.
Entorno
Esta zona era llamada Ramal Austral o estación Tipococha, lugar de intercambio y de casas de paja, expresó Simón Bolívar Angamarca.
Él nació a dos kilómetros de la estación. En su infancia estudió en El Tambo, pero en los años de su juventud retornó a su tierra en tren. Viste casaca acolchoda, pantalón grueso y gorra ya que en esta zona la neblina se hace presente a cualquier hora.
Es el medio día y a diario pasa por aquellas casas que antes eran las oficinas del jefe de la estación. A 100 metros se encuentra la escuela donde estudia su hija.
“En este lugar, (señalando una de las puerta de la casa) don Luis Vera vendía leña”, cuenta nostálgico Angamarca.
Las rieles aún están visibles. A 200 metros al sur de la estación se encuentra un reservorio de agua, utilizado para los ferrocarriles. Construido con piedra, su color es oscuro y en ella nacieron algunas plantas.
Abandono
El abandono es evidente en este sector. “Esto era un pueblo. Éramos 200 trabajadores entre estibadores, cargadores, reparadores, jefe de estación, telegrafista, fulgoneros, brequeros, entre otros. Aquí vivían nuestras familias y todas las personas dedicadas al comercio. Ahora está abandonado”, dijo Wilson, hermano de Bolívar.
Para Wilson el cambio es enorme. Durante 19 años trabajó en la empresa de ferrocarriles, fue técnico de mantenimiento de las líneas telegráficas en la estación Tipococha, luego en Azogues, Quito y Durán hasta el 2009. Él tuvo que aprender a leer y escribir el código morse.
Notificaciones
“Recibíamos a diario notificaciones con puntos y rayas, por ejemplo cuando necesitaban un reparador, el mensaje decía: Sr Wilson Angamarca sírvase trasladarse … a partir de la presente fecha a la estación de Azogues, para prestar sus servicios. Atentamente Manuel Garzón, jefe”, evocó Angamarca.
Para él dejar la empresa también representó olvidarse del código morse, “ahora no sé cómo es una A, creo que es un punto y una raya”, titubea.
El silbato del tren ya no suena más, pero para Carmen, Bolívar y Wilson el recuerdo no se borrará. (XTM) (I)
Cañar.
Fuente: El Tiempo


