jueves, octubre 8, 2026
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Chile: El tren chico de Panimávida

Durante muchos años el ferrocarril fue la única vía de conexión que tuvo el país. Muchas personas pudieron trasladarse a lo largo de Chile hacia lugares recónditos y lejanos los cuales habían estado aislados por la distancia y por lo difícil que significaba llegar a ellos.

La sociedad Linarense, desde la llegada del primer ferrocarril con pasajeros el 27 de octubre de 1874, vio revolucionada su forma de vivir. El tren era sinónimo de progreso, de prosperidad y también una novedad para aquellas humildes personas que desconocían los avances tecnológicos. El ferrocarril fue la muestra del desarrollo de las naciones, por ello su llegada a una ciudad se consideraba un orgullo, y permitía la conectividad con las regiones, con el país y porque no decirlo, con el mundo.

Linares, pueblo agrícola, de escasos recursos y cuya población semianalfabeta o sin educación, al ver llegar el tren a la ciudad vió en esto un descubrimiento y durante muchas décadas la novedad pasó hacer una tradición. En efecto, sabemos que durante más de 50 años después de la llegada del primer tren con pasajeros, los linarenses tuvieron por costumbre “ir a pasear a la estación a ver el tren”, ya que en un pueblo pequeño, en donde no existía ninguna actividad recreativa ni cultural, ver llegar el ferrocarril a carbón, con sus característicos sonidos significaba algo novedoso. Frente a esto hemos tenido acceso a innumerables testimonios de viajeros que señalaban lo llamativo que era llegar a la estación de Linares en aquella época, no tanto por su arquitectura o paisaje, sino por la gran muchedumbre que se aglomeraba en ella. Desde niños a mujeres, jóvenes y viejos, vendedoras ambulantes de sopaipillas, empanadas y “pajaritos dulces”, hasta vagabundos y lisiados que durante años mendigaron y vivieron de la caridad humana. Estos testimonios hablan de una estación abigarrada de gente, situación que no veían en las demás estaciones y que hacía creer a los viajeros que Linares era una gran urbe, con muchos habitantes, sin saber que la realidad era que en los momentos en que pasaba el tren prácticamente las calles permanecían desoladas, ya que todas la personas estaban viendo “la novedad” de ver llegar la locomotora, curiosidad que era también aprovechada por algunos delincuentes para entrar a las casas a robar.

Una vez regulados los viajes de pasajeros y de carga en el ferrocarril central que recorría todo el país, surgió la necesidad en las personas de extender la línea férrea para conectar los pueblos interiores de las provincias. Fue frente a esta necesidad que a comienzos del siglo XX, las autoridades de la época comenzaran hacer las gestiones para crear una vía que uniera Linares con “Las Termas de Panimávida”, lugar turístico y afamado a nivel nacional por sus aguas termales y que hasta ese momento era de difícil acceso, para ello se planeó construir un tren que conectase la ciudad de Linares con Yerbas Buenas y Colbún.

Esta es la historia de uno de los proyectos más titánicos que los linarenses realizaron, en donde como siempre tuvieron que luchar contra la adversidad y contras numerosas dificultades. Primero contra la burocracia y luego contra la naturaleza, en una época en donde el clima era muy distinto al de hoy y el paisaje, en ciertos lugares, aún era virgen. Es la historia del “Tren chico a Panimávida” el cual se inauguró con mucha pompa y glamour hace poco más de cien años y cuya actividad terminó de manera trágica al producirse un horrendo accidente en octubre de 1953, acontecimiento que en la actualidad prácticamente nadie recuerda y del cual todavía existen testigos para relatar lo sucedido.

Diario Heraldo

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