jueves, octubre 15, 2026
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España: El olvido devora un camino de hierro centenario

Comencemos por el trayecto a través del tiempo. El 24 de junio de 1899 se inauguraban los 32 kilómetros del camino de hierro que todavía hoy, aunque en desuso, comunican Vilagarcía y Pontevedra. Se daba continuidad, así, a la primera vía férrea de Galicia, que en 1873 unió los núcleos de Cornes (actualmente englobado en Santiago) y Carril. El ferrocarril siguió recorriendo las viejas vías hasta julio del 2008, cuando la entrada en servicio del remozado Eixo Atlántico envió la estructura al baúl de la jubilación. Desde distintos frentes se levantaron voces reclamando un tren de cercanías que ofreciese alternativas a los vecinos de Portas y Portela. Todas ellas confluyeron en el movimiento Salvemos o Tren. En Catoira o Padrón, ya en el tramo compostelano del viaje, hubo suerte. Siete convoyes diarios en cada sentido todavía dan vida a sus apeaderos. Hacia el Lérez, en cambio, cayó un pesado telón tejido de olvido y desinterés. De aquella treintena de kilómetros primigenia, solo mantienen cierta actividad los veintitantos que separan Portas de Pontevedra. Y únicamente para mover el cemento de los silos que se levantan junto a la estación. De no ser por ellos, habrían corrido ya la misma suerte que el resto: once kilómetros y medio de traviesas entre la Azucarera y la capital arousana son pasto de la maleza, que los está devorando.

Ya que nadie entre quienes toman decisiones parece tener en mente un servicio de proximidad, esta ruta pide a gritos su conversión en una vía verde. Llegamos así al recorrido a través del espacio. El camino férreo se separa del flamante trazado de alta velocidad, en Abelle (Vilagarcía). Como remontar pendientes no era, precisamente, lo más conveniente para las viejas locomotoras de carbón, el trazado mantiene una horizontalidad ideal para fomentar el noble entretenimiento del paseo, tanto a pie como en bicicleta. La senda, que en sí misma encierra un buen pedazo de la historia reciente de Galicia, a caballo de tres siglos, se interna entre pazos, capillas, huertas y aldeas grandes y pequeñas.

Tras uno de sus repechos, un puente de hierro salva el Umia en un lugar cuyo nombre es difícil de olvidar: Paraíso. Ya en su repecho final, las vías desembocan a un paso de la Azucarera de Portas y su chimenea-mirador de sesenta metros de altura.

¿Todo bien? En absoluto. Para empezar, la vegetación se ha adueñado ya de los tramos más próximos a Vilagarcía, en los que la vía transcurre encajonada. En algunos puntos, convertida además en basurero. Colchones, barriles, desperdicios de todo tipo. Las zarzas se están merendando el apeadero de Rubiáns, ubicado en la parte posterior del hotel Ciprés. Y el puente de Paraíso, aunque todavía firme, empieza a requerir una revisión. «Deixáronnos sen nada, agora temos que coller un taxi a Caldas para poder ir en bus a calquera sitio», lamenta una vecina junto a la estación de Portas. Su bar, al menos, continúa funcionando.

Las posibilidades del trazado. En Rubiáns (Vilagarcía), la vía comienza a abandonar su encajonamiento inicial. Así es posible echarle un vistazo a la ría de Arousa y a las cumbres de O Barbanza. El tramo del apeadero, sin embargo, ha caído bajo la vegetación.

El último tren. Como tantas otras estaciones del viejo ferrocarril galaico, la de Portas permanece cerrada, aunque al menos funciona el bar. La vía gana allí algo de vida gracias a un mercancías que lleva cemento a Pontevedra. Es el último tren que recorre estas vías.

En Paraíso. El nombre del lugar lo dice todo. Un magnífico puente de hierro, que parece extraído de una de esas películas con la que Hollywood engordó la leyenda del ferrocarril estadounidense, salva el río Umia. Uno de los viaductos de la autopista se divisa un poco más allá, pero apenas molesta. La estructura se mantiene firme aunque la maleza comienza también a comerle terreno. Se trata de uno de los parajes más bellos de la ruta, que pide una revisión. fotos mónica irago

La Voz de Galicia

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