Con gran lucidez, el acambarense rememora las vivencias de medio siglo en Ferrocarriles Nacionales; valora los años que vivió como trabajador del ferrocarril, aunque admite que muchas veces tuvo que irse a Estados Unidos
Acámbaro.- “Yo quiero ser maquinista aunque me muera”, se decía el joven Domingo Torres Bautista, allá por 1945. Hoy, a sus 88 años de edad, el acambarense recuerda con orgullo todas las vivencias y años de trabajo que pasó para lograr su sueño: conducir el ferrocarril.
Don Domingo recuerda que en aquella época eran frecuentes los accidentes ferroviarios, pero tenía clara su vocación. A los 14 años tuvo sus primeros acercamientos al tren, “mi primer servicio fue el 14 de mayo de 1945”, trabajaba como cargador destajista en el transbordo. Allí comenzó una carrera de casi media década, 48 años, trabajando en el ferrocarril.
El señor Buenaventura Rodríguez, que trabajaba en el sindicato ferrocarrilero, le dio la recomendación para que le dieran trabajo, “yo estaba muy joven pero eso no era impedimento. Pedían los papeles pero a veces nadie los llevaba y seguían trabajando; sólo pedían el acta de nacimiento yo ya tenía 16 años pero nunca la llevé y trabajé hasta que se acabó el transbordo”.
“Ya cuando pusieron la vía ancha en toda la División Pacífico se acabó la fuente de trabajo y muchos trabajadores no se les dio indemnización, no tuvieron el respaldo del sindicato”, recuerda.
“Luego la empresa sólo dio oportunidad de trabajar para que se solicitara empleo en otros departamentos, algunos hicimos solicitud pero la mayoría no pudo porque no sabían leer y escribir; en ese transbordo fuimos 60 trabajadores, de los cuales sólo queda vivo Juan Domínguez Nava y un servidor”.
El siguiente paso fue en los talleres del ferrocarril, “me aceptaron y entré como ayudante auxiliar, esto me permitía cubrir las vacantes cuando faltaba el personal de la planta o cuando ascendía algún trabajador porque en todas las especialidades había maestros y ayudantes; herreros, pintores, carpinteros, paileros, fundidores y cuando no había vacantes me ponían a barrer todo el taller”, recuerda.
Pero la idea de ser maquinista nunca salió de su cabeza y saltó a la especialidad de similares de locomotoras, ahí empezaba la carrera para maquinista que tanto anhelaba. “Tuve que realizar estudios por lo que muchos no quisieron entrar y se quedaron en otros trabajos, en mi caso poco a poco fui escalando y tuve en el cargo de Auxiliar Similar de Locomotoras A, este trabajo consistía en encender las calderas de las máquinas de vapor”.
Su desempeño y pasión por su trabajo le redituaron y llegaron los ascensos. Primero a fogonero de patio, luego a fogonero de camino, la antesala del puesto que tanto anhelaba, pero aún había más por hacer, “estudié tres años para llegar a maquinista de camino”, el sueño se cumplió pero allí no terminó la aventura.
“Como en Acámbaro había poco trabajo, me fui prestado a otros lugares como en Apizaco, Tlaxcala, Orizaba, México, Puebla (entre otros) conocí muchas ciudades, así como dejé grandes amigos ferrocarrileros”, narra con añoranza.
En las paredes de su casa cuelgan los recuerdos, añejas fotografías que atesora y le rememoran el largo camino que pasó para llegar al día de hoy, en que ve con orgullo a sus cinco hijos, a quienes les dotó de educación y calidad humana.
Onofre Lujano
Fuente y fotografía: periodicocorreo



