Richard Eduardo Jiménez Guaman, narra un recorrido por el sistema de transporte de Berlín.
Por: Richard Eduardo Jiménez Guaman, Especial para El Espectador, Berlín.
Foto: iStock
Para el año 2014 Alemania contaba con 33,426 kilometros de líneas ferreas.
crónicas de viajeros
Con frío, sin un dispositivo móvil, navegué por el metro un buen tiempo intentando llegar a mi hospedaje, justo unos momentos después de acudir a una excursión al monumental edificio del Reichstag en la ciudad de Berlín, Alemania.
El clima de la primera semana de año nuevo hizo que el frío del norte de Europa, dejará el piso casi congelado, pudiendo ver las escaleras y túneles subterráneos.
A pesar de acceder al sistema público de transporte, el frío se mantuvo constante. Hablando con honestidad, no quise del todo despreciar la compañía del eco producido por las puertas metro en cada parada. De sobra sería suficientemente un buen compañero del solitario viajero, que yo era, como la gran mayoría de las pasajeras, quienes aquél día viajaron al trabajo, a los centros educativos, a la “Isla de los Museos” o a cualquiera de sus destinos. Son pocas las líneas del metro berlinés en donde pudiera encontrarse un cruce sobre tierra, entre el área de este núcleo urbano y los rieles del mismo.
Antes de aventurarme por las rutas del metro, no guardaba la menor de idea de las conexiones que debería hacer. Pero al menos, me encontraba a si mismo seguro de tener lo único que necesitaría tener conmigo en una de las bancas de espera de la estación Friedrichstrasse. Hablo ni más ni menos de un tiquete de tarifa AB, ya arrugado por el trato de un nervioso pasajero.
Mis guantes me jugaron una mala pasada, su talla no era la misma de mis manos. El tiquete emprendió artimañas de un camaleón, de esos que se encuentran en el departamento de reptiles en el zoológico cercano a la estación de Zoologischer Garten. No supe si mi sudor incesante ocasionó que el tiquete perdiera su color pastel, impreso con bajos niveles de tinta sobre una cartulina rectangular, desde entonces pintado accidentalmente del rojo de la silla en la que hice mi espera pacientemente. Ese cartón permitiría mi ingreso siguiendo los pasos de un típico ciudadano en esa ciudad.
El tiquete no se valida en ningún torniquete, no hay personal vigilando el ingreso de los pasajeros. Eso sucede en todas las estaciones. Mi punto de preocupación radicó en asegurarme si realmente habría validado el tiquete aquél día. La confusión que en mí recayó, en un problema de número, al presentar dudas en la lectura del tiquete, preguntándome si había validado mi boleto.
Puede ser que, mi memoria me traicionaba en esa situación incómoda. Algo me decía que había pagado en la taquilla mi boleto con dos monedas, una italiana de un euro y otra española de dos euros. Todavía podía sentir mis embarazosas expresiones al pagarlo, puesto que de algún modo la línea de la fila se alargó por mi ineptitud, no comprendía cómo usar la máquina que expendía el pasaje de 2.70 euros, seleccioné la opción más barata de todas.
El precio del billete del transporte mencionado vendría a convertirse a lo que se pagaría por unos cinco pasajes de TransMilenio en hora pico. Lo exageradamente costoso empieza a disminuir cuando se tiene con mayor detalle los derechos del billete, puesto que el servicio cubre todas las rutas que se hagan en transporte público en un trayecto.
Puedo llegar a decir que los precios del tiquete son tan variados como las personalidades que frecuentan el metro. En la desazón de mi gran interrogante vi un gran letrero verde de una ‘U’ mayúscula. Un ícono fácilmente reconocible del metro subterráneo de la ciudad, junto a la placa del nombre de la estación en la que estuve por unos momentos, lo que me permitió posteriormente detallar también a cada uno de los pasajeros del metro, la diversidad era enorme. Por un lado, estaban los estudiantes que no paran sus estudios luego de las fiestas de fin de año, portan el carné estudiantil.
El paquete del pago de la matrícula incluye los pasajes semestrales. Ellos pagan el monto de lo que un estudiante universitario pagaría en Bogotá por los pasajes en TransMilenio en un semestre, sin embargo, en Berlín los pasajes estarían incluidos a priori en el monto de dinero de matrícula. En ellos mi atención no pararía, con la fijación puesta en los apresurados pasajeros. Los adultos de la tercera edad hicieron parte del grueso de los usuarios del metro. Ellos tienen un reconocimiento especial gubernamental, adquiriendo con descuento los pasajes de todo el mes.
Estos dos grupos cargan su billete de forma visible a su cuello en un estuche transparente, en buena parte de los casos. Los visitantes turistas de la ciudad, naturalmente adquirirían el billete del pasaje que yo empuñaba con fuerza las 150 estaciones que componen la red del metro de Berlín, la variedad de los pasajeros no varía mucho del norte a sur, o de oriente a occidente. Básicamente el flujo de estos grupos se comporta de forma similar. Con excepción de algunas paradas, en donde se concentra más nítidamente un sector poblacional con notorios ingresos económicos más altos o bajos.
Entre otras cosas, mi perturbación giró en torno a la desazón producida por un grupo al que me inquietó el llegar hacer parte, ya que su vital característica es el aprovecharse de las bondades del transporte público alemán, saltándose las barreras invisibles.
Cuando hago referencia a la invisibilidad, no se debe a detalles menores de los obstáculos inexistentes entre la salida y la entrada de las estaciones. No hubo generación de angustia, en torno a la posibilidad que un encargado me solicitara en público que me saliera del sistema de transporte por no haber pagado por el sistema. Mi principal malestar fue impulsado por el reconocimiento que debiera sentir frente a un transporte público que funciona. Lo menos que podría hacer aquel día, sería haber reembolsado por el servicio prestado.
Me pregunté más de una vez, qué había provocado que se esfumara cualquier recuerdo de mi mente de la adquisición de mi billete. Las monedas de las que había hablado más arriba, ¿eran mías? ¿las inserté en la máquina al iniciar mi recorrido? ¿los faroles del tren que se dirige al Este de aspecto de una vieja generación, blanquearon consigo unos recuerdos de mi mente? Lo que a mis interrogantes respondo, con unas palabras que en momentos previos habría atestiguado: “Sin certeza de saber lo que debía saber, pero seguro de tener lo único que necesitaría tener en mente (…)”.
Todas las pistas se condensaron en el tiquete de transporte público, hasta el momento permanentemente en mis manos. En las esquinas del tiquete debía girar para saber detalles pormenorizados de mi posible pago.
Corriendo la suerte de un copo de nieve, el signo de interrogante lo cerró un niño, entusiasmado de picar mi brazo derecho con el que yo sujetaba mi boleto. El niño un pintorcillo de una tierna edad de 10 años, con audífonos saliendo del maletín de su padre, emprendió sus observaciones para plasmarlas en un papel de hoja amarilla.
Había dos cosas en especial que me sorprendieron encontrar en él. Una positiva, pues era un dibujante al estilo de Max Liebermann, que quienes con un trazo de la oscuridad de un día de los que solía hacer en Berlín, develaría la apreciación de las cosas que permanecen ocultas al sentido común. Gracias a este chiquillo las aprecié, pero demasiado tarde me di cuenta, el detalle era tan preciso y en buena medida de un grosor tan fino, que cada vez que me quité mis anteojos sucios con evaporaciones, no veía ni sus figuras pintadas ni sus precisas observaciones. Por lo demás, su paisaje era el camino curvilíneo de una ese, con la cara de dos animales en cada eslabón respectivamente.
(…)
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