viernes, julio 3, 2026
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Macedonia: Los olvidados de Gevgelija: ‘Si morimos no perdemos nada, porque en Siria ya no hay vida’

Miles de refugiados esperan un tren hacia Europa en la frontera entre Grecia y Macedonia

Patricia Simón

Exhaustas, tiradas a la intemperie sin ningún tipo de atención ni servicios, cuando llega el tren que les llevará a su siguiente destino, Serbia, familias enteras tienen que pugnar entre ellas o trepar hasta las ventanas para lograr hacerse con un hueco.

Los faros del coche bosquejan a lo lejos siluetas que en instantes se tornan en una multitud. Bebés dormidos en brazos de sus padres, niños asidos a las ropas de sus madres recorren en grupos los pocos metros que les separan de la estación de trenes de Gevgelija, una ciudad de apenas 15.000 habitantes en la frontera de Macedonia con Grecia. Llevan días andando desde Grecia, semanas o meses si contabilizamos desde que salieron de su país. Son las dos de la mañana y más de 2.000 sirios, pero también afganos, iraquíes, bangladesíes, paquistaníes y subsaharianos duermen en los andenes e inmediaciones de la terminal. Durante todo el día no ha salido un sólo tren para la frontera con Serbia, desde donde continuarán su éxodo a Alemania, Suecia o cualquier país que les acoja, después de atravesar Hungría.

«No nos dicen cuándo saldrá el próximo tren y la policía no firma los permisos que nos piden los taxistas y en los autobuses para ir a Serbia», nos explica un hombre desesperado junto a sus dos hijos que, como la mayoría de los entrevistados, prefiere guardar el anonimato por temor a las represalias que pueda sufrir su familia por los grupos armados y el régimen sirio si se localiza su nombre. Decenas de personas se agolpan contra la valla que protege la comisaría de policía colindante con la estación. Alzan sobre sus cabezas los documentos que la policía les entregó en Grecia mientras ruegan a voces que se les entreguen los nuevos que les permitirán coger un taxi o autobús hasta la siguiente frontera. De vez en cuando, un agente sale del cuartelillo para amedrentarlos a voces o alzando su porra. Alrededor, vendedores ambulantes locales ofrecen a los refugiados fruta, agua o té a precios que triplican su coste real: cinco plátanos, tres euros.

El Mundo

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